lunes, 6 de abril de 2009

NO QUIERO FORMAR PARTE DE VUESTRA VIDA


Vivir a salvo de los demás, protegido, sólo se puede conseguir con dinero, sin tener que trabajar. La necesidad de pertenecer a un colectivo laboral te convierte en un esclavo a la intemperie, expuesto, que será azotado por todas las miserias. La condición humana será un látigo implacable, y te levantará todas las llagas que dejan al descubierto todos los surcos que conducen al miedo, a la incertidumbre, al asco existencial; te mostrarán, al final, de qué tipo de materia está hecha realmente la carne. El dinero te hace libre, es el mejor escudo. Nadie te puede tocar. Desde la independencia económica todo queda un poco más lejos, lo suficiente para seguir adelante e involucrarte en la locura general sólo lo justo, desde una perspectiva segura. Los que lo sabemos, y no lo tenemos, -aunque un día lo tuvimos- sentimos pánico ante la perspectiva de tener que entrar a formar parte, de un momento a otro, de toda esa jauría que se desgañita ahí fuera por encontrar un hueco, y rezamos a nuestro Dios para que eso suceda lo más tarde posible, o nunca. No creo en la bondad. Comprendo además que nuestra subjetividad teje una realidad inexistente, y que la verdad radica así sólo en lo que creemos y en lo que no somos. Nos enredamos en una telaraña sin sentido, donde nos atrapa la irrealidad de un sueño genético. Los humanos somos malos por naturaleza. El sentimiento que aflora tras contemplar una obra de arte, o la empatía por el sufrimiento de un niño, o esa piedad que nos inunda tras ver a un anciano desvalido, no son más que productos de nuestro propio miedo, disfrazado. Las relaciones sociales se alimentan de esta manera. Pánico a ser rechazados, temor a quedarnos solos, angustia ante la perspectiva de sufrir sin que nadie nos ayude y nos entienda. Aprensión a todas las clases de muerte, en definitiva. El mecanismo de defensa enmascara así el aislamiento al que todos estamos abocados. Así que, cuando no te queda más remedio que unirte a ellos, sólo puedes fingir que sonríes. Y es que, como dijo Nietzsche, la potencia intelectual de un hombre se mide sólo por la dosis de humor que es capaz de utilizar.

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